lunes, 8 de noviembre de 2010

De mariposas, mosquitos y sanmolontropos

Las mariposas molan. No he conocido a nadie que diga lo contrario.  Son de colores, tienen antenas y van por la vida revoloteando de flor en flor luciendo sus alas en plan gogó de discoteca. Ni siquiera se las considera bicho. En la clasificación de animales por especies se han colado en medio de la tabla en la categoría de “animales unpocomágicos” gracias a la estrategia del “mírame y no me toques”, que viene siendo aquello que nos han contado toda la vida de que si trincas una mariposa, le quitas los polvitos y la acaba palmando. Una teoría bonita, sí, pero a la que no le encuentro yo mucha base científica. A mí lo de los polvitos de las mariposas me suena más bien a superproducción maquiavélica, al clásico bulo que, por muy surrealista que suene, se lanza “a ver si cuela” y que acaba calando en el subconsciente colectivo. Mira tú por donde, qué manera más tonta de salvar una especie. Que ya se les podría haber ocurrido a los del lince ibérico que llevan años currándoselo para que no se extingan, a base de reproducción asistida y cría en cautividad, y la cosa era tan sencilla que bastaba con inventarse unos polvos y a vivir…
El caso es que frente a las mariposas, pones un mosquito y como que no luce. La gente les tiene manía. Pican, se mueven en comunidad, más bien en masa, se te pegan si te da por ponerte un vestido amarillo en verano y se van para tu oreja si estás por echarte una siesta de campeonato. Y claro, a eso unes que no tienen detrás un lobby potente que defienda sus intereses y conviertes al mosquito en el bicho con más mala imagen de la tierra.
 Me pregunto si en la mariposa y el mosquito no estará reflejada la humanidad entera. Las mariposas serían aquellos que no tienen que esforzarse mucho por conseguir lo que logran. Se pasean por la vida luciendo cuerpo o coche o tetas o ropa como si tal cosa y si por cualquier motivo se le desmonta el tinglaillo que tienen montado y tienen que dar un palo al agua para salvar su pescuezo, sacan a relucir lo de los polvos mágicos -o echan un polvo mágico- y se libran de la cacería.
Y luego están los mosquitos. Que se pasan la vida corriendo pa arriba y pa abajo para conseguir poco o nada. En su revoloteo no distinguen si se acercan a Periquita que duerme plácidamente en verano o a Manolín que se ha puesto una camisa amarilla (también, a quién se le ocurre) para ir a la comunión de su sobrina (en pleno mayo, claro). Los mosquitos se encienden, se apresuran, se acaloran, se defienden y, en medio de la confusión, a veces pican. Y a veces también los aplastan. Porque otra cosa no, pero técnicas para aplastar mosquitos le sobran a esta sociedad… desde el clásico matamoscas, a la cotidianidad del periódico, pasando por el rudimentario babuchazo y el sofisticado frufrú.
Ahí, amigo, estamos todos reflejados. No hay más. O somos mosquitos, o mariposas. Y lo habrá que naciendo mosquito se pase toda la vida intentando convertirse en mariposa. Algún caso hay que lo ha conseguido. Otros fueron aplastados en la escalada… Yo solo sé que aunque no sean tan bonitos como las mariposas, los mosquitos también tiene alas y, a veces, pueden volar más alto. Y si tienen que acabar siendo otro bicho, mejor convertirse en sanmolontropo. Cuanto más galáctico, mejor.

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